The Cure - Disintegration


lunes, 11 de marzo de 2013

Salvajadas en nombre de la medicina


Como todo el mundo, estoy indignado con la barbaridad cometida contra ese anciano al que un par de médicos indolentes amputó la pierna equivocada. El caso me lleva a recordar que la historia registra salvajadas dignas de un filme de terror gore.

Es preciso aclarar que este club no guarda especial animosidad hacia los médicos. Quiero decir: que en anteriores posts haya escrito sobre cirujanos que resultaron asesinos en serie o psiquiatras que ameritaban más tratamiento que sus pacientes, no me hace un activista contra la profesión. Pero cada cierto tiempo un episodio me empuja a explorar el lado oscuro de esa ciencia que, a mi juicio, tiene mucho –demasiado– de intuitiva (me parece escalofriante, por ejemplo, que un médico pueda equivocarse radicalmente al aplicar una sustancia y al instante otro pueda arreglarlo inyectando una sustancia que neutraliza la primera, como si un cuerpo humano no fuera otra cosa que una simple bolsa de químicos en equilibrio precario). El último caso, la amputación por negligencia a un anciano, es una prueba delirante. Hay que ser un soberano estúpido o un peligroso incapaz para cometer un error semejante. A menos que se trate de un clasicista al que le guste repetir las barbaries cometidas por sus colegas del pasado.

Que el cuerpo humano es un misterio, no resulta extraño. Hasta la mitad del siglo XIX sobrevivía la creencia medieval de que el organismo de cada persona estaba formado por cuatro humores, correspondientes a los cuatro elementos que formaban la tierra: sangre (fuego), flema (tierra), bilis negra (agua) y bilis amarilla (aire). Se suponía que la salud de un individuo estaba dominada por un humor específico: las personas melancólicas estaban dominadas por la bilis negra, mientras que los sujetos iracundos debían su carácter a la sangre caliente que circulaba en su interior. “Curar a un paciente se convirtió en el arte de mantener un balance entre esos humores”, refiere el investigador Richard Zacks en el libro An underground education, una enciclopedia del absurdo universal que recomiendo leer. El razonamiento motivaba tratamientos delirantes: si una persona tosía con flema, los médicos le procuraban comidas calientes, cargadas de pimienta, e incluso sangre de animales, para ayudarlo a recuperar el balance de sus humores internos.

La siempre orgullosa medicina occidental tiene escombros escondidos bajo la alfombra. Existe el testimonio de un medico árabe del siglo XII que lo evidencia. Un colega europeo lo había invitado a su consultorio para compartir experiencias. En eso llegaron dos pacientes, un hombre con una herida en la pierna y una mujer con acentuada pérdida de peso. El doctor árabe recetó un cataplasma para el primero, que ayudaría a cicatrizar la herida, y una dieta fresca para la mujer. El doctor occidental se burló de sus prescripciones. En seguida le preguntó al paciente: “¿Prefiere vivir con una pierna o morir con las dos?”. Asustado, el enfermo optó por la primera opción. Entonces el hipocrático especialista mandó cortarle la pierna enferma con un hacha. El paciente murió al instante. A la mujer no le fue mejor, porque el médico dictaminó que estaba poseída por el demonio y mandó abrirle en el cráneo un agujero en forma de cruz, por donde sacó el cerebro para “limpiarlo”.
No se trata de un caso perverso, sino de una tendencia. Varios historiadores de la medicina han dado cuenta de una serie de tratamientos inspirados en la creencia de que el dolor podía ser una vía para exorcizar la enfermedad: sangrías, trepanaciones, tratamientos con sanguijuelas, purgas, amputaciones, etc. El Rey Carlos II de Inglaterra fue una víctima de los científicos de su tiempo, en 1685. Había estado afeitándose cuando sufrió un ataque masivo. Los médicos de la corte le aplicaron una sangría, le perforaron un hombro, le dieron un purgante cargado de antimonio, sal y otras sustancias, le afeitaron la cabeza, le hicieron tomar una infusión de sustancias raras y le llenaron la garganta de polvo de almendras. Cuando empezó a convulsionar, le dieron cuarenta gotas de un extracto de cráneo humano. Tras pasar una noche de infierno, el monarca falleció.
Salvajadas semejantes no corresponden solo a los oscuros razonamientos de la Edad Media. “El cuidado diario proporcionado por la vasta mayoría de médicos de la era victoriana bien podía curarte como no tener efecto alguno, causarte daño o incluso matarte. Los pacientes a menudo se curaban a pesar de los tratamientos”, señala Zacks.
Otro personaje que sufrió las consecuencias fue el presidente estadounidense James Garfield, cuando en julio de 1881 recibió un balazo en una estación de tren en Washington. Un medico traído de inmediato hizo lo que pensó razonable: metió su instrumental –no esterilizado- en el agujero de la bala y empezó a remover la zona para ubicar la bala. Como no lo conseguía, metió los dedos y retomó la búsqueda. Tampoco tuvo éxito. Entonces llamaron al célebre inventor Alexander Graham Bell, quien tuvo la ocurrencia de utilizar un detector de metales. Así determinó que la bala estaba allí, pero en una zona más profunda. Los médicos esperaron unos días, para que bajara la fiebre, y reabrieron la herida. Nada. El presidente no se recuperó de esa convalecencia. Falleció en setiembre. La autopsia reveló que la bala estaba allí, pero treinta centímetros debajo de la zona que se había explorado. “Algunos historiadores médicos están convencidos de que el presidente hubiera sobrevivido si le dejaban la bala adentro”, comenta el investigador Richard Zacks.
No hace falta especular qué habrá ocurrido con pacientes más humildes. Para eso basta leer los periódicos de estos días.



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